El Alto y la construcción de su “propia modernidad”

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Por David Ali Condori (*) 

Este 6 de marzo, la ciudad de El Alto celebra su trigésimo tercer aniversario de creación como Cuarta Sección Municipal de la provincia Murillo del departamento de La Paz. La urbe alteña, como diría el investigador Marco Quispe, inicialmente ch’usa marka (pueblo vacío), hoy se ha convertido en jach’a marca (pueblo grande). Según el Censo de Población y Vivienda de 2012, El Alto tiene una población de 848.452 habitantes, lo cual constituye en una de las ciudades más pobladas de Bolivia.

La tasa de crecimiento poblacional históricamente ha estado relacionado con la migración del campo-ciudad, ya que miles de mujeres y hombres llegaron a esta ciudad guiados por las promesas de mejores servicios y oportunidades económicas, de ahí que Godofredo Sandoval y Fernanda Sostres, a finales del siglo XX, la denominaron como la “ciudad prometida”.

Sin embargo, los habitantes de El Alto enfrentan una serie de problemas, como la falta de los servicios básicos (sobre todo en las urbanizaciones de reciente creación), deficiencias en la atención de salud, educación, inseguridad ciudadana, malos servicios de transporte, falta de empleos y otras necesidades.

Ante esta situación, la población alteña tiene aspiraciones y expectativas de superar esta realidad carente, pues en su imaginario social está presente el sueño de construir una “ciudad moderna”, equipada con una infraestructura urbana “sembrada de pavimento”, los campos deportivos equipados con césped sintético, construcciones de sedes sociales, etcétera.

Muchos dirán que esto no tiene nada que ver con la modernidad, pero en la ciudad de El Alto permanentemente se está construyendo la “otra modernidad”, una modernidad con sus propias particularidades: entre la cara aymara y la visión occidental. Esto es lo que nos llamó la atención para escribir el presente artículo.

La modernidad, en la intersubjetividad colectiva, casi siempre está asociada con ideas de desarrollo, progreso infinito y un tipo de civilización euro-norteamericano. Desde ese punto de vista, la ciudad de El Alto constituye una modernidad con sus propias particularidades, que se configura bajo la lógica del obrismo, que privilegia el asfalto, el cemento y las grandes construcciones ornamentistas.

Esta visión está presente en el imaginario intersubjetivo de la población alteña, por eso cuando se construyen grandes edificaciones, como el polideportivo Héroes de Octubre, los vecinos suelen mostrar su satisfacción y la autorrealización moderna de la ciudad, porque ese tipo de obras configuran los símbolos significantes del desarrollo urbano.

Por tanto, cuantas más obras de impacto se construyan en esta ciudad, la conciencia social atribuirá más modernidad. Razón por la que en las demandas barriales que se presentan en el POA del Gobierno Autónomo Municipal de El Alto, la mayor parte de los proyectos están destinados a la construcción de enlosetados o pavimentado de vías, canchas de césped sintético, construcción de sedes sociales y otras obras similares.

Esta es la cara modernista de El Alto, con sus propias particularidades, donde poca importancia tiene las identidades culturales indígenas. Entonces: ¿dónde queda la cara aymara o indígena de la ciudad de El Alto? Se dice que El Alto es una ciudad mayoritariamente aymara-quechua; sin embargo, la cuestión de aymara-quechua se reduce al plano simbólico, lingüístico y étnico.

Así, por decir, hay momentos que se practican ch’allas o el ayni, también en las fiestas, las hijas de los migrantes se visten de cholitas sólo para bailar, pero en otros tiempos se lucen de señoritas. Esa es la esencia culturalista de El Alto, entre tanto en la parte política y económica más se privilegia la forma liberal y “capitalista” de la vida cotidiana.

Para concluir, podemos sostener que la subjetividad del aymara-quechua migrante en esta ciudad está guiada por la visión de la “otra modernidad”, por este motivo el anhelo de muchos es tener una casa de piso tipo y un automóvil, esa casa tendrá sus propias características, como los cholets (casas con figuras tiwanacotas y de colores resaltantes) y el automóvil muchas veces será de segunda o tercera mano.

De esta manera, se configura la conjunción de dos civilizaciones: la occidental moderna con sus propias particularidades y la civilización india, que da lugar al surgimiento de una “modernidad híbrida”. En esa perspectiva, la urbe alteña se constituye en un espacio de abigarramiento cultural, donde las diferentes culturas pueden conformar el nuevo entramado social.

Por David Ali Condori es sociólogo alteño

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