Qué hay detrás de Achacachi

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Por Fernando García Yapur (*)

Achacachi, qué poco conocemos los bolivianos de Achacachi, de la rebeldía aymara y de su irrupción autodeterminativa.

Siempre estuvieron allá, reflexivos y pacientes esperando que las cosas sucedan. Mirando y soportando la construcción de una institucionalidad política ajena, cada vez más lejana de sus formas de gestión y control territorial que, sin embargo, permitía cierta autonomía relativa al ejercicio de su autogobierno sumergido en el “subsuelo”, en la “otra” institucionalidad catalogada por el discurso oficial como “informal”, “subalterna”, “perversa” u “oscura”. Un mundo desconocido para los que ejercen el monopolio de la palabra y el poder político y, por ello, rechazado y vilipendiado de ante mano.

Tenemos una deuda de comprensión con Achacachi y, quizás, con todo el mundo indígena que de una y otra manera, asechan a las modalidades de construcción estatal que a estas alturas resultaron ser farsas, ficciones o malas copias de lo de siempre fue: la estructura de control y ejercicio ilegitimo y vertical de poder político.

Al parecer, sólo llegaremos a comprender a Achacachi y al devenir indígena en el Estado a partir de irrupción violenta de las estructuras comunitarias en la plataforma visible u oficial de la política. Irrupciones que develan lo que en esencia es el país: proyectos artificiales de construcción estatal que no logra cuajar y, asimismo, no lograr configurar mediaciones óptimas entre el Estado y la sociedad.

Todo lo contrario, acontece una y otra vez la rearticulación de nuevas fuerzas que como un malón vienen para arrasar con todo y, poner de nueva cuenta la relación de las partes.

Al parecer, somos el país de las vísperas. Una tragedia que nos tocara vivir y experimentar hasta que logremos asentar el imaginario de proyecto de Estado en nosotros mismos, esto es, en “ser nosotros mismos” sin grandes meta-relatos u proyectos artificiales (liberales, marxistas, nacionalistas, etc.) que antes que conducirnos a la autodeterminación y, con ello, a la edificación de una institucionalidad estatal propia, sólo han logrado adormecer, manipular y ejercer mayor dominio.

Felipe Quispe, hoy -como antes- nos sorprende expandiendo sus estrategias de acción que son tácticas político-militares para restablecer el poder del autogobierno indígena en los territorios aymaras, esto es, liberarlos del mutismo y del adormecimiento en el que estuvieron sumidos. Pues toda la estrategia está orientada a dañar, desordenar y remover los cimientos de la estructura de poder que sostiene al Gobierno de Evo Morales. Así, busca articular el mundo fragmentado de los reales factores de poder que anidan, como bien lo sabe, en el subsuelo político. Factores de poder que están dispersos, cooptados y sumidos en la división interna, la despolitización y desmovilización.

El recurso que utiliza es la agitación de las estructuras artificiales y precarias del poder instituido, su puesta en vilo para desvestirlas, recuperando voz propia, autoestima e independencia política. La interpelación de Felipe Quispe y de Achacachi en el fondo es una convocatoria a la desobediencia civil que desnuda y ridiculiza al poder establecido. Logra poner en evidencia la última ratio, la síntesis crasa del poder instituido. Despoja el armazón discursivo, simbólico y artificial del Gobierno, para escenificar la simplicidad de su estructura interna, de sus nervios e instrumental político.

No es menor la apelación sorna a la que se remite para establecer una frontera con ellos. La enunciación adrede a Gabriela Zapata, Álvaro Garcia y Evo Morales que, desde su perspectiva, sintetizan la deriva del “proceso de cambio”, son potentes para provocar el desorden y el entusiasmo popular para replantear el orden y prioridad de las cosas.

Así, Felipe Quispe y Achacachi, nuevamente han quemado naves e iniciado una marcha sin retorno y, quizás, sin puerto de llegada preestablecido. No necesitan de ello. El horizonte que proponen es la recuperación de la memoria y el reinicio de una verdadera revuelta política.

(*) El autor es politólogo. Presidente del Colegio de Politólogos de Cochabamba, docente de la UMSS.

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