La ciudad de El Alto, 34 años de insubordinación y constancia

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(*) Por Johnny Fernández Rojas

Apenas se creó legalmente, el 6 de marzo de 1985, la Ciudad del El Alto activó todas las estrategias a su alcance y también las que no lo estaban, para lograr y transitar al mismo ritmo del desarrollo de las otras urbes, quienes le llevaban centurias de ventaja.

Bastaron un par de décadas para erigirse en sitiales, inclusive en espacios preeminentes, que le permitieron ya no mascullar sino decir enérgicamente ¡presente! en todo el quehacer nacional.

Hace 34 años, la población alteña superaba los 200 mil habitantes, su índice de desarrollo humano, ligeramente superior al de los centros mineros, era un conjunto de villas que se confundían con las comunidades rurales, en su mayoría, y definitivamente relegadas por la Alcaldía de La Paz.

Sólo considerado por el Aeropuerto y porque era un paso obligado para el transito interdepartamental, es decir, fueron “villas miseria” que se debatían entre la sobrevivencia y el desdén de los gobiernos regionales y nacionales.

El fenómeno climático de “El Niño”, el desbande poblacional de los centros mineros con la Nueva Política Económica, el rebalse de los centros urbanos de ese entonces y otros, propiciaron la fijación como nueva residencia de enormes grupos poblacionales en esta meseta altiplánica, cuya consecuencia hizo experimentar un crecimiento demográfico atípico (9.03% anual), que dentro los conceptos poblacionales, éste fenómeno sólo son observados, dicen los demógrafos, en situaciones bélicas o de desastres naturales, ninguno de éstos factores ocurrió, sin embargo, los asentamientos humanos fueron desenfrenados como hasta la fecha, aunque sustancialmente disminuidos con relación a las décadas de los años 80 y 90 del siglo pasado.

La sinergia de conductas culturales de su obligada y nueva constitución social, frente a las marcadas deficiencias o ausencias de infraestructura básica, auspiciaron una incesante práctica de la demanda popular, a través de la movilización social, considerado ésta como un inmejorable mecanismo, para ser favorecidos principalmente con servicios básicos. La movilización social tuvo sus resultados: respuestas positivas e inmediatas.

La irreverencia al poder, advertido en algunos “emprendimientos”, junto a la vehemencia de sus exigencias (ejemplo UPEA), y sustentado en esa especie de “estatuto oral autonómico” de “El Alto de pie, nunca de rodillas”, hicieron que los más de 950 mil habitantes alteños (según proyecciones del INE para 2019), sigan y con firmeza en la línea esbozada por sus inmediatos antecesores, de ampliar y profundizar las condiciones apropiadas para un hábitat, que requiere necesariamente cualquier persona destinada a vivir en el Siglo XXI.

Más de tres décadas de constancia en sus luchas y de insubordinación al poder político para conseguirlas, hicieron, hacen y lo harán a esta urbe, una ciudad de pie.

(*) Johnny Fernández Rojas es periodista e historiador alteño [email protected]

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